8 janv. 2007

El novelista de la vida moderna

En un pequeño artículo publicado en Las nubes, Enrique Lynch se preguntaba por qué no existía un “nuevo Baudelaire que oficie como cronista genuino de esta nueva forma de tristeza”. Y sin embargo, nos parece, existe. Se llama Michel Houellebecq. Ya nos habíamos hace tiempo ocupado en hacer una referencia (MH o los confines de la voluntad). Se trata de una especie de novelista-nihilista bastante schopenhaueriano que encuentra en la «era informacional», como la ha llamado acertadamente Manuel Castells, el culmen de la desgracia del ser humano. Sus personajes son los típicos antihéroes de la Francia actual: el desempleado, el empleado, el retirado (en donde ser cualquiera de estos parece ser aún más patético que en cualquier otra parte del mundo); todos ellos adornados por un cariz bastante deslucido por cuanto a su desafortunada vida sexual. No ha escrito Las flores del mal, ni Del inconveniente de haber nacido como Cioran, pero sí Ampliación del campo de batalla, por ejemplo, en donde el protagonista, un spleen del siglo XXI, exclama (cito de memoria): “Estaba perfectamente adaptado al mundo de la información y la vida moderna, es decir, a nada”; y en todo caso, es francés, uno de los principales requisitos para ser todo un décadent, en el estricto sentido que se conoce.
¿De qué se tratará al final — de dejar testimonio del déclin d’Occident; de mostrar que, de todos modos, “desde el principio, todo estaba foutu” (Plataforma, creo)? ¿El mismo Baudelaire, puede tener un “buen uso”, o nos hundía más bien en la terrible melancolía del callejón sin salida? En todo caso, es verdad que hemos rebasado los límites de lo obsceno para sencillamente desembocar en el disgusto.


París, 2007.

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