5 sept. 2004

Sobre dolor, melancolía y nostalgia

Acabo de ver la película The Village. El tema, igual que el de, por ejemplo, Fight Club o Instinct, es una especie de puesta en escena de El contrato social de Rousseau. ¿De qué se tratan, a fin de cuentas, estas películas? El argumento esencial de ellas, y seguramente de muchas otras que no me vienen en este momento a la cabeza, es que debemos inventarnos una suerte de retroceso en la historia de la humanidad en busca de la inocencia perdida, que el capitalismo, o al menos el mundo que se rige bajo ese o similares sistemas económicos, nos ha arrebatado. Se piensa como si, de entrada, hubiéramos sido unos animalitos contentos y comunitarios —que no es lo mismo que simplemente gregarios— y un buen día hubiérase aparecido Lucifer con una billetera llena para seducirnos e introducirnos una manía irrevocable que nos habría llevado a construir la monstruosa sociedad en la que sobre-vivimos.
Analicemos: en The Village, un grupo de personas decide aislarse del resto de la sociedad por diversos motivos —todos ellos espeluznantes en cierta medida— para crear un colectivo en el cual no se maneje un sistema monetario, no exista la televisión, no se utilice la ropa sino como protección contra el medio ambiente, etc. Incluso se inventan mitos. En Fight club, un fanático esquizofrénico pretende volver a cero los registros económicos de toda la población estadounidense, en función de que todos «volvamos» a ser iguales y podamos reformular los valores, — y vender carne seca en las autopistas desiertas. En Instinct, un «antropólogo» decide volverse gorila después de descubrir la solidaridad que existe en esas sociedades simiescas. En diferentes grados, pero siempre con la misma meta, se funda la crítica a la modernidad como culpable de nuestra desdicha. Y lo más sencillo, parece, es pretender volver a la «gloriosa» época de las cavernas.
Es verdad que antes de que hubiera luz eléctrica la gente se reunía a menudo por temor, incluso para ir al baño, pero eso no quiere decir que los focos nos hayan separado hasta crear una sociedad de individuos, de «partículas elementales». El problema se aparece a nuestros ojos un poco más complejo, o al menos más antiguo. La guerra, el egoísmo, la crueldad, en fin, el mal, no se apareja con determinados sistemas sociales o económicos (aunque ciertamente algunos lo explotan sin escrúpulos), sino precisamente con la «individuación», y ésta, perdónesenos, no aparece con el capitalismo. Con individuación nos referimos más bien a la intención —no necesariamente consciente, deliberada, maquiavélica—, de conseguir nuestros fines a toda costa. Somos individuos desde que nacemos y lo seremos mientras vivamos. Los estudios de comunidades, normalmente llamadas «tradicionales» en antropología, no han hecho sino llevar a la luz que, aunque en distintos niveles, el hombre es egoísta. Y lo es por naturaleza, no por decisión.
Somos presos de una fuerza interior que nos conduce hacia nosotros mismos, en pos de una satisfacción inalcanzable, que nos mantiene en el dolor perpetuo. Esta situación es innegable y, peor aún, irreformable. Tratar, con la razón, de cambiarla es tratar de cambiar al ser. Esto es precisamente lo que ha intentado nuestra cultura alejandrina, y es asimismo, precisamente, lo que ha agudizado nuestra situación de precariedad. Al fundar el mundo en el pensamiento de que podemos cambiarlo en lugar de resignarnos ante él, o mejor aún, afirmarlo como tal —una posibilidad es el arte—, hemos construido una sociedad basada en el logos, la técnica, el progreso; y no basta derribar los edificios de registros crediticios o volverse un simio para cambiar su curso. No hay salida, esto es, ha sido y seguirá siendo, lucha y desdicha. Se toma o se deja. La posibilidades —para afrontarlo, no para evitarlo— son muchas y dependen de la imaginación. Algunos ejemplos podrían ser el sexo, el arte, el budismo. Yo, en particular, me quedo con la música —y con mi mujer.


Lyon, 2004.

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