16 juin 2004

Arias y variaciones

Hay muchos tipos de música. Muchos son buenos, agradables, interesantes. Pero música sólo hay una: aquella que se desvela de Maya. Existe, no hay dudas al respecto, una música universal, atemporal, que puede reconocerse intuitiva, casi inmediatamente. La música está allí, desde siempre, como el aire. El genio ordena las notas como dictadas por algún divino maestro. La pieza ya estaba allí, siempre lo estará. La música es lo que nos hace olvidarnos de nosotros mismos. Brinda, como la naturaleza, la posibilidad de experimentar lo sublime. Hay algo en la música que no es humano, ni natural, ni hermoso. Lo sagrado de la música consiste en recordarle al hombre que, como espécimen, nunca ha sido nadie. La individualidad, que es todo cuanto tiene y de cuanto éste se precia, debe ser olvidada. La música es un presentimiento de que lo único que existe es precisamente aquello de lo cual no podremos jamás apropiarnos.
Al tiempo que escucho la Missa de l’homme armé de Guillaume Dufay, me pregunto si tendrá algo que ver conmigo. Me descubro: ¿conmigo, no tendrá acaso que ver con el hombre? ¿Qué es lo que nos hace pensarnos como seres particulares? Los hombres somos una repetición, una variación mínima —minúscula, nimia, banal, vanidosa, egoísta, sin duda temerosa—, armónica o disonante; pero el hombre —él es sólo una idea. La música nos hace recordar —y añorar— esa idea. Si la música no puede mantenerse fuera del tiempo y del espacio (si puede de alguna manera situarse), entonces hablamos de otra cosa.
El hombre y la música, habría dicho quizás Schopenhauer, tienen una historia semejante. La especie del hombre podría ser un Aria, de la cual pueden hacerse treinta variaciones y un Aria da capo. Quizás el Aria sea la idea de la humanidad, que puede objetivarse en infinidad de formas, cobrar, dentro de la representación, individualidad. Acaso sea soberbio pensar que cada hombre es una variación completa, y más bien sea, como muestra el minimalismo, algo casi imperceptible, casi mudo. Un silencio, una nota desafinada, un tiempo y un espacio perfectos o absolutamente vanidosos o superfluos. La pieza continúa, puesto que siempre ha estado allí. Y de acuerdo con Brahama, allí seguirá. Diferencia y repetición.
Con Vivaldi se inaugura la tradición de las variaciones. Bach se encarga de consagrarla. Lo universal, que está en el aire, en las piedras, en la noche, es una y siempre la misma cosa. El hombre, constate la historia, es el mismo que golpea con un hueso otros huesos, que el monje arrodillado ante Dios clamando piedad, que aquel que sitúa cien metrónomos y los acciona al mismo tiempo que acciona una grabadora de sonidos. Está en busca de algo —¿de qué?
No podríamos nunca pensar en un lenguaje musical. Justamente al contrario: si de algo se trata es de olvidar todo concepto. Pensar la música es una aporía. Se dice que en el arte emerge lo desconocido, ¿no será al contrario? Lo que emerge del arte es aquello que nos hace identificarnos como esencialmente humanos.


D.F., 2004.

Aucun commentaire: