26 nov. 2003

Michel Houellebecq o los confines de la voluntad

Michel Houellebecq es un escritor, un «autor», propio del postmodernismo. Odia a la modernidad. Casi todo el mundo odia a la modernidad, es cierto, pero hay razones que nos distinguen a unos de otros. La pregunta aquí es por qué las novelas de un parisino —que a fines del siglo XX tiene unos cuarenta años— expresan una poco disimulada aversión hacia, por ejemplo, el “hippismo”. No se trata tampoco de reivindicar tal movimiento, si es que fue un movimiento, sino de comprender qué es lo que pudo llegar a representar para que alguien dedique su tiempo y talento a criticarlo. La justificación de Houellebecq es la siguiente: estos individuos aspiraron a una reinstauración de la colectividad humana. Quizás mediante algunas lecturas llegaron a la idea de que aboliendo la propiedad (privada, esencialmente) lograrían la hermandad perdida; y nunca se percataron de que justamente con la aplicación de sus premisas estaban dando al traste con aquello que buscaban. La familia, el último residuo de colectividad, desapareció una vez que la revolución sexual promovió una libertad que volvió casi pecaminoso pensar en términos de fidelidad o de matrimonio.
Houellebecq, en su añoranza por ese colectivo perdido (¿pensaría tal vez el ser?) recurre a la escritura. ¿Qué es lo que nos hace ser infelices? Su respuesta es bastante convincente, o al menos coloquial: el deseo. El deseo narcisista, autopoyético, cuyo único fin es no tener fin. Permanecer. Deseo deseante del querer.
Uno tiende a desconfiar de la gente feliz, ¿por qué? Porque en general está bien enraizada la idea de la imposibilidad de ese estado. La solución de Houellebecq en Las partículas elementales (que no es muy distinta a l de sus otras dos novelas, Ampliación del campo de batalla y Plataforma, y a la de su ensayo, El mundo como supermercado, todo editado por Anagrama) es previsible: para que el hombre vuelva (nótese el rousseanismo) a ser feliz debe evolucionar en seres maquinales no deseantes (lo contrario de las máquinas deseantes del Anti-Edipo). De aquí también el desprecio por Deleuze, Foucault, Derrida, entre muchos otros congéneres y compatriotas. Houellebecq odia al mundo moderno, sí, pero porque ese mundo es ateo.
La nostalgia por el pasado (cuando no había computadoras, quizás) es patente en todas sus novelas, pero se delataría si propusiera cualquier tipo de retorno; así las cosas, mira “hacia adelante” y encuentra la solución perfecta, es decir, desproveer al hombre de dolor. Como dice Leo di Caprio en La Playa (The Beach, Danny Boyle, 2000): «no hay paraíso posible si existe el deseo» —Schopenhauer lo llamará voluntad—. Houellebecq siente la frustración de sentirse incompleto (recuerdo ahora a Beckett en Fin de partida diciendo: «Estamos rotos»). Y no hay forma de estar en contra de él cuando analiza a la sociedad occidental moderna como un inagotable generador de necesidades (es decir, deseos encubiertos), o bien, de insatisfacción. ¿Pero es en verdad la solución hacer del hombre un autómata desprovisto de deseo? ¿No sería ésta una máquina racional semejante a la «cosa pensante» (que no requiere ni siquiera de cuerpo) de la que hablaba Descartes?
La fórmula de Houellebecq es simple: Deseo (necesito), ergo, sufro. Y aquí es donde está lo interesante. El sufrimiento causa en él una sensación cercana al pánico. Y como sufre (y ve que también lo hace la mayoría de los seres humanos, casi «por naturaleza»), deduce que el orden en el que vivimos está mal y que sería casi ético reemplazarlo por otro en el que el dolor no existiera. ¿No es esta la aspiración de los sacerdotes? Habrá que ver primero qué es del hombre sin deseo, algo ya de por sí difícil de imaginar, y segundo, si alguien, además de Houellebecq (y quizás algunos budistas), estarían dispuestos a convertirse en semejante artefacto.
Acaso Houellebecq debería echar otro vistazo a Nietzsche (a quien refiere un par de veces a través de sus patéticos personajes); probablemente encontraría algo como: deja de compadecerte y vive. Si el dolor ha de venir, que así sea; si esto es lo que nos ha deparado ese dios maldito, que venga de nuevo. Y de nuevo. Y esto no nos convierte necesariamente en masoquistas, la ecuación es simple: el placer va de la mano del displacer; luego, sacar a uno de la partida es suprimir a ambos de tajo.
¿Pero en qué consiste la amargura de Houellebecq? En la nostalgia por la comunión (religiosa). Los hombres de hoy se comunican —no es gratuito que sus personajes estén perfectamente adecuados al mundo global e hipertextual, «es decir, a nada»—, pero no comulgan. Dios representa la esperanza perdida de lo colectivo — pero a cualquier moderno le apena aceptar que aún cree. El hombre está arrojado en el mundo; educado por las masas (¿la cultura?), pero más sólo y enfermo que nunca. Y lo peor del caso: nadie (ni un dios) puede salvarlo.
Sin embargo, esta situación no justifica una visión necesariamente plúmbea de la existencia. Vamos, que no es como para hacer rabietas. En efecto, el hombre no es el centro del mundo, pero puede ser el centro de su propio «estar aquí» — ahora. Y lo único que me viene a la mente para cerrar es un aforismo de Gottfried Benn: Sólo el recuerdo vale, / sólo el estado de ánimo cuenta, / sólo la impresión tiene razón, / sólo lo trágico tiene duración.


Zacatecas, 2003.

1 commentaire:

javier a dit…

tequiu santi, por todo